La aventura de ser profesor
José M. Esteve
1
( Publicado
en Cuadernos de Pedagogía / Nº
266 /
Febrero 1993)
La enseñanza es una profesión
ambivalente. En ella te puedes aburrir soberanamente, y vivir cada clase con
una profunda ansiedad; pero también puedes estar a gusto, rozar cada día el
cielo con las manos, y vivir con pasión el descubrimiento que, en cada clase,
hacen tus alumnos. Como casi todo el mundo, yo me inicié en la enseñanza
con altas dosis de ansiedad; quizás
porque, como he escrito en otra parte, nadie nos enseña a ser profesores y tenemos que
aprenderlo nosotros mismos por ensayo y error. Aún me acuerdo de mi
primer día de clase; toda mi seguridad superficial se fue abajo al oír una voz
femenina a mi espalda: «¡Qué cara de crío! ¡A éste nos lo comemos!». Aún me
acuerdo de mi miedo a que se me acabara la materia que había preparado para
cada clase, a que un alumno me hiciera preguntas comprometidas, a perder un
folio de mis apuntes y no poder seguir la clase... Aún me acuerdo de la tensión
diaria para aparentar un serio academicismo, para aparentar que todo estaba
bajo control, para aparentar una sabiduría que estaba lejos de poseer...
Luego,
con el paso del tiempo, corrigiendo
errores y apuntalando lo positivo, pude abandonar las apariencias y me
gané la libertad de ser profesor: la libertad de estar en clase con seguridad
en mí mismo, con un buen conocimiento de lo que se puede y lo que no se puede
hacer en clase; la
libertad de decir lo que pienso, de
ensayar nuevas técnicas para explicar un tema, de cambiar formas y modificar
contenidos. Y con la libertad llegó la alegría: la alegría de sentirme
útil a los demás, la alegría de una alta valoración de mi trabajo, la alegría
por haber escapado a la rutina convirtiendo cada clase en una aventura y en un
reto intelectual.
Pensar y sentir
El
camino y la meta me los marcó Unamuno en una
necrológica de Giner de los Ríos, leída por azar en el Boletín de la
Institución Libre de
Enseñanza:
«Era tan hombre y tan maestro, y tan poco profesor —el que profesa algo—, que
su pensamiento estaba en continua y constante marcha, mejor aún,
conocimiento... y es que no escribía lo ya pensado, sino que pensaba
escribiendo como pensaba hablando, pensaba viviendo, que era su vida pensar y
sentir y hacer pensar y sentir». «Era su vida pensar y sentir y hacer pensar y
sentir»... Miguel de
Unamuno y su José M. Esteve es catedrático de
Teoría de la
Educación,
de la Universidad de Málaga. Preocupación
por enlazar pensamiento y
sentimiento... Nunca encontré una mejor definición
del magisterio: dedicar la propia vida a pensar y sentir, y a hacer
pensar y sentir; ambas
cosas juntas. Casi todos los colegas que escriben a
continuación coinciden en este punto. Mari Carmen Díez expresa así su visión
actual de la enseñanza: «Ahora entiendo la escuela como un sitio a donde vamos a
aprender, donde compartimos el tiempo, el espacio y el afecto con los demás; donde siempre
habrá alguien para sorprenderte, para emocionarte, para decirte al oído algún secreto
magnífico». Fernando
Corbalán,
tras hablarnos de que en clase tenemos que divertirnos, buscar el ansia de
saber y propiciar una atmósfera de investigación, concluye: «Y no se piense que
sólo se abre la mente a los alumnos. También la del profesor se expande y se
llena de nuevos matices y perspectivas más amplias, y funciona la relación
enriquecedora con los dos sentidos. Mi experiencia, al menos, me dice que algunos de los juegos y
problemas con los que he disfrutado, y que sigo utilizando, han tenido su
origen en la dinámica de la clase... Y cuando se crea e atmósfera mágica en
clase, con los fluidos intelectuales en movimiento, pocas actividades hay más
placenteras».
Hace
tiempo, descubrí que el
objetivo es ser maestro de humanidad. Lo único que de verdad importa es
ayudarles a comprenderse a sí mismos y a entender el mundo que les rodea. Para
ello, no hay más camino que rescatar, en cada una de nuestras lecciones, el
valor humano del conocimiento. Todas las ciencias tienen en su origen a un
hombre o una mujer preocupados por desentrañar la estructura de la realidad.
Alguien, alguna vez, elaboró los conocimientos del tema que explicas, como
respuesta a una preocupación vital.
Alguien,
sumido en la duda, inquieto por una nueva pregunta, elaboró los conocimientos
del tema que mañana te toca explicar. Y ahora, para hacer que tus alumnos
aprendan la respuesta, no otro camino más que rescatar la pregunta original. No
tiene sentido dar respuestas a quienes no se han planteado la pregunta; por
eso, la tarea del docente
es recuperar las preguntas, la inquietudes, el proceso de búsqueda de los
hombres y las mujeres que elaboraron los conocimientos que ahora figuran en nuestros
libros. La primera tarea es crear inquietud, descubrir el valor de lo
que vamos a aprender, recrear el estado de curiosidad en el que se elaboraron
las respuestas. Para ello hay que abandonar las profesiones de fe en las
respuestas ordenadas de los libros, hay que volver las miradas de nuestros
alumnos hacia el mundo que nos rodea y rescatar las preguntas iniciales obligándoles
a pensar.
Cada
día, antes de explicar un tema, necesito preguntarme qué sentido tiene el que
yo me ponga ante un grupo de alumnos para hablar de esos contenidos, qué les
voy a aportar, qué espero conseguir. Y luego, cómo conectar lo que ellos saben,
lo que han vivido, lo que les puede preocupar, con los nuevos contenidos que
voy a introducir. Por último me lanzo un reto: me tengo que divertir explicándolo, y esto es imposible si cada
año repito la explicación del tema como una salmodia, con la misma gracia en el
mismo sitio y los mismos ejemplos. Llevo veinticinco años oyéndome
explicar los temas, en algunas ocasiones, repitiéndolos dos o tres veces en distintos
grupos; he calculado que me jubilo el año 2021 y estoy seguro de que moriré de aburrimiento
si me oigo año tras año repitiendo lo mismo, con mis papeles cada vez más
amarillos y los rebordes carcomidos. La renovación pedagógica, para mí, es una
forma de egoísmo: con independencia del deseo de mejorar el aprendizaje de mis
alumnos, la necesito como una forma de encontrarme vivo en la enseñanza, como un
desafío personal para investigar nuevas forma de comunicación, nuevos caminos
para hacer pensar a mis alumnos... «Pensaba hablando, pensaba viviendo, que era
su vida pensar y sentir
y
hacer pensar y sentir»... Desde esta perspectiva, la enseñanza recupera cada
día el sentido de una aventura que te rescata del tedio y del aburrimiento, y
entonces encuentras la libertad de expresar en clase algo que te es muy
querido.
Inmediatamente
recibes la respuesta: cien alumnos pican el anzuelo de tu palabra y ya puedes
dejar correr el sedal, modulas el ritmo de tu explicación a la frecuencia que
ellos emiten con sus gestos y sus preguntas, y la hora se pasa en un suspiro —también
para ellos—. Y entonces descubres la alegría: ese momento de magia te recompensa
las horas de estudio y te hace sentirte útil en la enseñanza. No hay mejor
regalo de los dioses que encontrar un maestro. A veces tenemos la fortuna de
encontrar a alguien cuya palabra nos abre horizontes antes insospechados, nos
enfrenta con nosotros mismos rompiendo las barreras de nuestras limitaciones;
su discurso rescata pensamientos presentidos que no nos atreveríamos a
formular, e inquietudes latentes que estallan con una nueva luz. Y,
curiosamente, no nos sentimos humillados por seguir el curso de un pensamiento
ajeno; por el contrario, su discurso nos libera y nos ensancha creando en nosotros
un juicio paralelo con el que reestructuramos nuestra forma de ver la realidad y
luego, extinguida la palabra, aún encontramos los ecos que rebotan en nuestro
interior obligándonos a ir más allá, a pensar por nuestra cuenta, a extraer
nuevas conclusiones que no estaban en el discurso original. Éste es el objetivo:
ser maestros de
humanidad... a través de las materias que enseñamos, o quizás, a pesar de las
materias que enseñamos; recuperar y transmitir el sentido de la sabiduría;
rescatar para nuestros alumnos, de entre la maraña de la ciencia y la cultura,
el sentido de lo fundamental permitiéndoles entenderse a sí mismos y explicar el
mundo que les rodea.
Las dificultades
He
hablado de mis precarios inicios en la enseñanza, y de mi visión actual tras
veinticinco años de recorrido profesional; pero, para ayudar a otros a recorrer
el mismo camino, tengo ahora que hablar del proceso intermedio e, inevitablemente,
de las dificultades que hay que sortear.
Identidad
profesional
El primer problema consiste en elaborar
tu propia identidad profesional. Esto implica cambiar tu mentalidad,
desde la posición del alumno que siempre has sido hasta descubrir en qué
consiste ser profesor. Y aquí aparecen los primeros problemas, porque hay
enseñantes que no aceptan el trabajo de ser profesor. Las dificultades de los profesores
de Primaria suelen ser distintas a las de los profesores de Secundaria.
Entre
los de Primaria el peor problema es la idealización: la formación inicial que
han recibido suele repetir con insistencia lo que el buen profesor «debe
hacer», lo que «debe pensar» y lo que «debe evitar»; pero nadie les ha
explicado, desde el punto de vista práctico, cómo actuar, cómo enfocar los
problemas de forma positiva y cómo eludir las dificultades más comunes. Han aprendido
contenidos de enseñanza, pero no saben cómo organizar una clase, ni cómo
ganarse el derecho a hacerse oír.
Tiene
claro lo que debería hacer en clase, pero no sabe cómo hacerlo. El choque con
la realidad dura dos o tres años; en ellos el profesor novato tiene que
solucionar los problemas prácticos que implica entrar en una clase, cerrar la
puerta y quedarse a solas con un grupo de alumnos. En este aprendizaje por
ensayo y error, uno de los peores caminos es el de querer responder al retrato
robot del «profesor ideal»; quienes lo intentan descubren la ansiedad de
comparar, cada día, las limitaciones de una persona de carne y hueso con el fantasma
etéreo de un estereotipo ideal.
Entre los profesores de Secundaria, el
problema de la identidad profesional es mucho más grave.
Como
señalaba Fernando Corbalán: «La inmensa mayoría de los profesores de
Secundaria nunca tuvimos una vocación clara de enseñantes... Estudiamos
una carrera para otra cosa (matemático profesional, químico, físico...)».
En efecto, nuestros profesores de Secundaria se forman en unas facultades
universitarias de Ciencias y Letras que, ni por asomo, pretenden formar
profesores. En ellas predomina el modelo del investigador especialista. Como resultado de este modelo, el profesor
que llega al instituto para explicar geografía e historia, y, con un poco de mala
suerte un curso suelto de ética, se identifica a sí mismo como «medievalista»,
ya que, durante los últimos cinco años de su vida, la Universidad le ha insistido
en la necesidad de estudiar paleografía, epigrafía y numismática, latín y árabe
para acceder a los documentos medievales, y le ha iniciado en el trabajo de
archivo, centrándole en una época histórica muy determinada y permitiéndole
olvidar el resto de la historia. Al parecer, nadie se ha puesto a pensar en el
problema de identidad que sobreviene a nuestro medievalista cuando se enfrenta
a una clase bulliciosa de treinta adolescentes en una zona rural o en un barrio
conflictivo. El sentimiento de error y de auto conmiseración se apodera de nuestro
nuevo profesor. Él es un investigador, un medievalista, ha pasado dos veranos
en el archivo de Simancas preparando su tesina entre documentos originales que
él es capaz de descifrar... ¿Por qué le obligan ahora a enseñar historia general,
que no es lo suyo, y de paso geografía y ética? Y, además, descubre horrorizado
que los alumnos no tienen el menor interés por la historia, y que temas clave
de su especialidad —como el apasionante tema de su tesina— se despachan con dos
párrafos en el libro de texto. Para colmo, nuestro futuro profesor de
Secundaria
se da cuenta de que no sabe cómo organizar una clase, cómo lograr un mínimo orden
que permita el trabajo y cómo ganarse la atención de los alumnos. Aquí, el problema de perfilar una
identidad profesional estable requiere un auténtico proceso de reconversión, en
el que el elemento central consiste en comprender que la esencia del trabajo del
profesor es estar al servicio del aprendizaje de los alumnos. ¡Qué duro le resulta
a la mayor parte de nuestros profesores
de Secundaria y de Universidad comprender esto!
Ellos
son investigadores, especialistas, químicos inorgánicos o físicos nucleares,
medievalistas o arqueólogos... ¿Por qué van ellos a rebajar sus niveles?,
gritan exaltados, y ello significa, en la práctica, que dan clases para dos o
tres privilegiados, mientras el resto de los alumnos van quedando descolgados.
Y además, hasta el fin de sus días, vivirán la enseñanza rumiando la afrenta de
que la sociedad les obligue a abandonar el Olimpo de su investigación para
mantener contacto con un grupo de adolescentes. Por contra, algunos profesores
consiguen estar a gusto en su trabajo, y descubren que esto requiere, necesariamente,
una actitud de servicio hacia los alumnos, el reconocimiento de la ignorancia como el estado inicial previsible,
aceptar que la primera tarea es encender el deseo de saber, aceptar que el
trabajo consiste en reconvertir lo que sabes para hacerlo accesible a un grupo de adolescentes... Un viejo maestro
me decía que enseñar al que no sabe está catalogado, oficialmente, entre las
obras de misericordia; y, en efecto, hace falta un cierto sentido de la humildad
para aceptar que tu trabajo consiste en estar a su servicio, en responder a sus
preguntas sin humillarlos, en esperar algunas horas en tu despacho por si
alguno quiere una explicación extra, en buscar materiales que les hagan asequible
lo esencial, y en recuperar lagunas de años anteriores para permitirles acceder
a los nuevos conocimientos. Lo único verdaderamente importante son los alumnos.
Esa enorme empresa que es la enseñanza no tiene como fin nuestro lucimiento
personal; nosotros estamos allí para transmitir la ciencia y la cultura a las
nuevas generaciones, para transmitir los valores y las certezas que la humanidad
ha ido recopilando con el paso del tiempo, y advertir a las nuevas generaciones
del alcance de nuestros grandes fracasos colectivos. Ésa es la tarea con la que
hemos de llegar a identificarnos.
Comunicación e interacción
El segundo problema por solucionar para
ganarse la libertad de estar a gusto en clase hace referencia a nuestro papel
de interlocutor. Un profesor es un comunicador, es un intermediario entre la ciencia
y los alumnos, que necesita dominar las técnicas básicas de la comunicación.
Además,
en la mayor parte de los casos, las situaciones de enseñanza se desarrollan en
un ámbito grupal, por lo que exigen comunicación grupal. Por tanto, ese proceso
de aprendizaje inicial, que ahora se hace por ensayo y error, implica entender
que una clase funciona como un sistema de comunicación e interacción.
Una
buena parte de las ansiedades y los problemas de los profesores debutantes se
centran en ese ámbito formal de lo que se puede y lo que no se puede decir o
hacer en una clase. El profesor novato descubre enseguida que, además de los contenidos
de enseñanza, necesita encontrar unas formas adecuadas de expresión, en las que
los silencios son tan importantes como las palabras, en las que el uso de una
expresión castiza puede ser simpática o hundirnos en el más espantoso de los
ridículos.
El
problema no consiste sólo en presentar correctamente nuestros contenidos, sino
también en saber escuchar, en saber preguntar y en distinguir claramente el
momento en que debemos abandonar la escena. Para ello hay que dominar los
códigos y los canales de comunicación, verbales, gestuales y audiovisuales; hay
que saber distinguir los distintos climas que crean en el grupo de clase los distintos
tonos de voz, etc.
Los
profesores experimentados saben qué lugar físico deben ocupar en una clase,
dependiendo de lo que ocurra en ella; saben interpretar las señales gestuales que emiten los alumnos para regular
el ritmo de clase, y el dominio de éstas y otras habilidades de comunicación
requiere entrenamiento, reflexión y una constante actitud de autocrítica para
depurar nuestro propio estilo docente. Al final, conseguimos ser dueños de nuestra
forma de estar en clase, conseguimos comunicar lo que exactamente queremos
decir, y logramos mantener una corriente de empatía con nuestros alumnos.
Disciplina
Otro obstáculo serio por superar,
quizás el que genera en los novatos la mayor ansiedad, es el problema de la
disciplina. En realidad, es un problema muy unido a nuestros sentimientos de seguridad
y a nuestra propia identidad como profesores. En este tema he visto de todo:
desde colegas que entran el primer día en clase pisando fuerte, con aires de
matón de barrio, porque alguien les ha dado el viejo consejo de que no pueden
sonreír hasta Navidad, hasta colegas desprotegidos e indefensos incapaces de
soportar el más mínimo conflicto personal. Entre esos dos extremos que van
desde la indefensión hasta las respuestas agresivas, el profesor tiene que encontrar
una forma de organizar a la clase para que trabaje con un orden productivo. Y,
en cuanto comienza a hacerlo, descubre que esto tampoco se lo han enseñado. Se
supone que el «buen profesor» debe saber organizar la clase, pero en pocas
ocasiones se le ha contado al futuro profesor dónde está la clave para que el
grupo funcione sin conflictos.
El
viejo supuesto según el cual «para enseñar una asignatura lo único realmente
importante es dominar su contenido» encuentra en este campo descubre que debe atender
otras tareas distintas a las de enseñar: tiene que definir funciones, delimitar
responsabilidades, discutir y negociar los sistemas de trabajo y de evaluación
hasta conseguir que el grupo trabaje como tal. Y esto requiere una atención
especial, a la que también hay que dedicar un cierto tiempo. El razonamiento y
el diálogo son las mejores armas, junto con el convencimiento de que los
alumnos no son enemigos de quienes te tienes que defender. Mi experiencia me
dice que los alumnos son seres esencialmente razonables; es posible que, si te
dejas, intenten llevarte al huerto y bajar algo tus niveles de exigencia, pero
si la razón te asiste y en ella fundas tu propia seguridad, los alumnos saben
descubrir muy bien cuáles son los límites.
Contenidos y niveles
Por último, nos queda el problema de
adaptar los contenidos de enseñanza al nivel de conocimientos de los alumnos. El
profesor novato tiene que entender que ha dejado la Universidad, tiene que
desprenderse de los estilos académicos del investigador especialista.
Hola maestra Arlena,maestra Aurora, compañeras y compañeros, les comparto mi escrito subrayado del texto de "La aventura de ser profesor".
ResponderEliminarHola compañera Delia:
ResponderEliminarEn este escrito es importante resaltar los dos problemas: el de la identidad y el de ganarse la libertad de estar a gusto en las aulas. Teniendo en cuenta que la solución de los problemas de la Educación depende de los docentes (así se sencillo y así de complicado), estoy de acuerdo contigo de que buscas soluciones para la mejora la educación, de implementar nuevas estrategias y saberes para atender de manera inmediata los problemas de los alumnos.
Hola Delia:
ResponderEliminarPara que este escrito esté "completo" me gustaría que de forma breve nos compartas alguna anécdota que te lleve a asegurar que nuestra labor docente es toda una aventura.
Hola Maestra Aurora, les comparto mi anécdota.
ResponderEliminarRecuerdo cuando inicie mi labor docente a la edad de 22 años, el director de la escuela era ya mayor y me dio el tercer grado de telesecundaria, en una ocasión me fue a buscar a mi salón de clases ,estábamos mirando la programación todos sentados, cuando de pronto llega preguntando ¿En dónde está su maestra, me encontraba sentada en una butaca, me vio y comentó “hay maestra, la pierdo entre sus alumnos” eso me ocasiono al principio incomodidad pero ahora esta anécdota me causa risa; ya que los jóvenes de esa comunidad se desarrollan mucho y yo era muy delgada, me miraba más pequeña que ellos; sin embargo eran muy respetuosos. El director era muy inteligente pero siento que delegaba toda la responsabilidad en mí, porque me dejaba comisiones que le correspondían a él; sin embargo lo hacía con mucho gusto, mi tiempo lo dedicaba completamente al trabajo, vivía en esa comunidad y por las tardes reunía a los alumnos más atrasados para regularizarlos.
Buenas tardes compañera Delia, el escrito me pareció atendible aunque algunos párrafos solo resaltabas la primera linea de conceptos pero lo leí y me pareció agradable. Este trabajo del Modulo anterior nos hizo analizar en las deficiencias que tenemos en los escritos como en la ortografía y de como aprender a Resumir información extensa buscando hilación y como dicen nuestras Asesoras coherencia tanto en el rescate de ideas como en nuestros escritos. Te comparto que también tuve errores pero estamos abiertos para mejorarlos.
ResponderEliminarHola Compañera Delia.
ResponderEliminarDe los resumido en tu texto "La Aventura de ser Profesor" el autor (José M. Esteve) describe el trabajo docente, la enseñanza el papel del Profesor y menciona características como debilidades y fortalezas, dice que las debilidades son cuando aprendemos del error, cuando no sabemos que hacer en los inicios de nuestra carrera frente a un grupo de alumnos pero el orgullo nos levanta, el no quedar mal frente a otros maestros, el evitar las criticas de nuestro trabajo docente porque escondemos nuestras dudas y miedos pero esto nos hace seguir aprendiendo y esforzarnos.
Menciona el nivel de secundaria en donde se identifica el problema de Identidad Profesional en donde los profesores eran maestros de secundaria solo por cumplir con una responsabilidad pero no por vocación así pasa con otros niveles en el caso de (nivel básico), ya que no tenemos un MANUAL DE APRENDIZAJE, que nos oriente, que nos diga como empezar, que hacer, como enfrentar los problemas o dificultades, no existe. Lo que si hay es la constancia en nuestros esfuerzos para aprender de nuestros errores y de los demás, aceptar las críticas constructivas para adaptarlas a nuestro estilo de aprendizaje y así encontrar nuestra Identidad profesional o como le llama Esteve. El proceso de re conversión.
Me identifico con el autor y contigo compañera mediante los comentarios en el blog de seguir aprendiendo cada día porque así debe de ser. Con nobleza y Humildad.
Y de acuerdo a tu experiencia en los comentarios del blog, que bueno que de lo que te ha pasado y te cause risa ahora sea satisfacción porque en nivel secundaria la labor del profesor es estar en todo momento atendiendo las dudas, curiosidades y quejas de los alumnos y mas que nada la comunicación porque están en la etapa de la adolescencia y es cuando tienen problemas de conducta por sus cambios en su desarrollo, Identidad y personalidad, y siento que las asumes con responsabilidad porque eres muy dedicada.
Y con respecto a la carga de trabajo del Director, aunque en un momento te desagradaba la idea tómalo como un aprendizaje bastante significativo ya que gracias a esos días de trabajo aprendiste nuevas cosas, y es que en muchas ocasiones como no estamos impuestos a la carga de trabajo nos desesperamos pero es para seguir aprendiendo si es que lo vemos desde ese ángulo.
Saludos compañera las semejanzas en nuestros escritos es seguir aprendiendo cada día y mejorar nuestro aprendizaje.
Hola Maira
ResponderEliminarAsí es compañera, una de mis fortalezas que he identificado a lo largo del modulo es como me lo mencionas, me considero muy dedicada y una de tantas debilidades es que soy muy sensible ante alguna situación como por ejemplo hace poco una alumna me pidió un consejo y se puso a llorar, no sabes igual junto con ella lloré, que pena me dio aún no he podido controlar mis emociones y eso me pone mal.